martes, 20 de octubre de 2015

Dos versiones gemelas de un mismo poema en diferentes libros

14. Tú lo sabes


Amo lo que vivo y lo que no entiendo, amo sin obligación pero contigo aprendí como dice la canción que es otra cosa, amo ser nadie desde la corbata mal hecha, y amo caer desde la preciosura de tus senos donde el rocío de mis ganas adelantan deseos cerrados de luna llena, amo tu sensual boca que me devora sin que me de cuenta, amo tus delicados cabellos y no el tinte estúpido que no te asienta, amo tocar el piano y que te deleites como si atraparas mis melodías con tu sonrisa almibarada de ansiosa princesa, amo correr desde la palma de tus manos y que me arrojes de vez en cuando hacia el mar de tus locuras, amo y puedo tocar tu desnudez suavemente como quien se desliza susurrando la gloria de tus gemidos, amo cocinar mientras me pones rodajas de cebolla en la cabeza cual falsa corona sin chef, amo gozarte desde las bien cuidadas uñas de tus pies, amo todo y casi, amo desde la muerte y resurrección de girarnos en bailes hasta perder la conciencia, amo tu nombre que lo menciono cada vez que respiro, amo con todo y hasta la próxima vez que esta lluvia sea más eterna, te amo amor y tú lo sabes.


Del libro Matices de Adán


Tú lo sabes

Amo lo que vivo y lo que no entiendo
amo sin obligación pero contigo aprendí
como dice la canción que es otra cosa
amo ser nadie desde la corbata mal hecha
y amo caer desde tus senos abiertos
donde el rocío de mis ganas adelantan
deseos cerrados de luna llena
amo tu sensual boca que me devora
sin que me de cuenta
amo tus delicados cabellos y no
el tinte estúpido que no te asienta
amo tocar el piano y que te deleites
como si atraparas melodías a cada sonrisa
amo correr desde la palma de tus manos
y que me arrojes de vez en cuando
hacia el mar de tus locuras
amo y puedo tocarte suavemente como quien se desliza
desde tu frente amplia
amo cocinar mientras me pones rodajas de cebollas
en la cabeza cual falsa corona sin chef
amo gozarte desde las uñas de tus pies
amo todo y casi
amo desde la muerte y resurrección de girarnos
en bailes hasta perder la conciencia
amo tu nombre que no me sabe a hierba
sino a delicioso helado donde transita
mi curiosa lengua
amo con todo y hasta la próxima vez
que esta lluvia sea más eterna
te amo amor y tú lo sabes


Del libro Personal




lunes, 5 de enero de 2015

El pequeño lector


Se llama Guillermo Gallegos mide cerca de dos metros, es moreno, de oficio mensajero, de andar pausado, y cada vez que toca la puerta de mi casa cerca de la una de la tarde, y lo veo por el ojo mágico es porque trae la viajera noticia de un libro. Ese libro recibido en mis manos y con amable dedicatoria, es para mí como si me hablara la felicidad aunque sea un ratito.

El tiempo transcurrido para que llegue hasta mis manos debe estar escrito en el destino de la persona que me lo envía. A veces el libro viene con la sorpresa que no lo esperaba, y otras veces el libro ya viene avisado con una fecha aproximada de recepción. Me siento en el sillón con la comodidad de un lector que va a entrar a descubrir todas las palabras que viven dentro del libro recibido. El tiempo tiene un pacto conmigo, no me interrumpe, pasa ni tan rápido ni tan lento, comprende mis expectativas. 

Días después salí temprano de casa, le dije a mi madre que no iba a demorar. Y me fui alejando de ella con la cola del regreso. Debo haber caminado unas doce cuadras, y no dar con el lugar escrito en el papel me hizo pensar mal. Dirección equivocada, me dije, y dejé caer el papel al suelo ante la mirada de todos, me hicieron sentir que había dejado caer una bomba.

Cerca de mí y lejos también toda una ciudad en constante movimiento. Por instinto meto la mano al bolsillo y me detengo en el fondo por el contacto metálico de unas cuantas monedas que no llegan ni a cinco. Pienso en mi madre que me debe estar esperando para almorzar, hace hasta lo imposible para sacarle a la vida un pequeño capital de confianza que nos permita seguir existiendo.

Cuando mi madre levantaba la cuchara entré, no me dijo nada, vi que el plato estaba vacío, ni le pregunté que hizo con las sobras de la desesperación, luego encendió la radio para escuchar unos boleros, la vi como si viviera dentro de sus preocupaciones. Subí la escalera después de lavarme los dientes y las manos, ya echado en mi cama leyendo un libro de entrevistas dejé que transcurrieran las horas.

Amaneció nuevamente. Otro día de batalla, me dije sin mover los labios. Cuando bajé las escaleras mi madre no estaba en casa, dejó un papel sobre la mesa: voy a misa de nueve, a encontrarme con Dios. Tú tranquilo, y haz lo que tengas que hacer, ya vuelvo. Guardé el papel en el bolsillo de mi camisa, entré al baño con los zapatos puestos, una vez más salí de casa sin mirarme en el espejo.

El aire que respiro todos los días apenas me mantiene en pie, las personas que hoy pasan por estas calles no son las mismas de ayer, hace muchos años que ante los retos de la vida pierdo argumentos y me sobran las excusas. Felizmente cada cierto tiempo tener un libro entre mis manos es como el publicitado evento de una fiesta donde no está invitado el fracaso.

Después de hacer unos trabajos, decidí regresar, mi madre me sigue esperando para almorzar porque antes el desayuno pasó de largo como un visitante desnudo y con remordimientos.

Fingí no darme cuenta, pero no duró mucho, vi que dos señoras conversaban exagerando los gestos, a tres pasos un niño que supongo es hijo de una de ellas, tiene entre sus manos un libro, y pasa página tras página como si en verdad estuviera leyendo, ese niño a quien llamo el pequeño lector, ve solo las imágenes con el entusiasmo de quien no deja de capturar todo lo que sucede o vuela en su imaginación. Creo que ese niño, ese pequeño lector me otorga el legítimo convencimiento de que nos pasamos la vida entera viendo las imágenes de todo lo vivido sin saber interpretarlas.