martes, 20 de octubre de 2015

Dos versiones gemelas de un mismo poema en diferentes libros

14. Tú lo sabes


Amo lo que vivo y lo que no entiendo, amo sin obligación pero contigo aprendí como dice la canción que es otra cosa, amo ser nadie desde la corbata mal hecha, y amo caer desde la preciosura de tus senos donde el rocío de mis ganas adelantan deseos cerrados de luna llena, amo tu sensual boca que me devora sin que me de cuenta, amo tus delicados cabellos y no el tinte estúpido que no te asienta, amo tocar el piano y que te deleites como si atraparas mis melodías con tu sonrisa almibarada de ansiosa princesa, amo correr desde la palma de tus manos y que me arrojes de vez en cuando hacia el mar de tus locuras, amo y puedo tocar tu desnudez suavemente como quien se desliza susurrando la gloria de tus gemidos, amo cocinar mientras me pones rodajas de cebolla en la cabeza cual falsa corona sin chef, amo gozarte desde las bien cuidadas uñas de tus pies, amo todo y casi, amo desde la muerte y resurrección de girarnos en bailes hasta perder la conciencia, amo tu nombre que lo menciono cada vez que respiro, amo con todo y hasta la próxima vez que esta lluvia sea más eterna, te amo amor y tú lo sabes.


Del libro Matices de Adán


Tú lo sabes

Amo lo que vivo y lo que no entiendo
amo sin obligación pero contigo aprendí
como dice la canción que es otra cosa
amo ser nadie desde la corbata mal hecha
y amo caer desde tus senos abiertos
donde el rocío de mis ganas adelantan
deseos cerrados de luna llena
amo tu sensual boca que me devora
sin que me de cuenta
amo tus delicados cabellos y no
el tinte estúpido que no te asienta
amo tocar el piano y que te deleites
como si atraparas melodías a cada sonrisa
amo correr desde la palma de tus manos
y que me arrojes de vez en cuando
hacia el mar de tus locuras
amo y puedo tocarte suavemente como quien se desliza
desde tu frente amplia
amo cocinar mientras me pones rodajas de cebollas
en la cabeza cual falsa corona sin chef
amo gozarte desde las uñas de tus pies
amo todo y casi
amo desde la muerte y resurrección de girarnos
en bailes hasta perder la conciencia
amo tu nombre que no me sabe a hierba
sino a delicioso helado donde transita
mi curiosa lengua
amo con todo y hasta la próxima vez
que esta lluvia sea más eterna
te amo amor y tú lo sabes


Del libro Personal




lunes, 5 de enero de 2015

El pequeño lector


Se llama Guillermo Gallegos mide cerca de dos metros, es moreno, de oficio mensajero, de andar pausado, y cada vez que toca la puerta de mi casa cerca de la una de la tarde, y lo veo por el ojo mágico es porque trae la viajera noticia de un libro. Ese libro recibido en mis manos y con amable dedicatoria, es para mí como si me hablara la felicidad aunque sea un ratito.

El tiempo transcurrido para que llegue hasta mis manos debe estar escrito en el destino de la persona que me lo envía. A veces el libro viene con la sorpresa que no lo esperaba, y otras veces el libro ya viene avisado con una fecha aproximada de recepción. Me siento en el sillón con la comodidad de un lector que va a entrar a descubrir todas las palabras que viven dentro del libro recibido. El tiempo tiene un pacto conmigo, no me interrumpe, pasa ni tan rápido ni tan lento, comprende mis expectativas. 

Días después salí temprano de casa, le dije a mi madre que no iba a demorar. Y me fui alejando de ella con la cola del regreso. Debo haber caminado unas doce cuadras, y no dar con el lugar escrito en el papel me hizo pensar mal. Dirección equivocada, me dije, y dejé caer el papel al suelo ante la mirada de todos, me hicieron sentir que había dejado caer una bomba.

Cerca de mí y lejos también toda una ciudad en constante movimiento. Por instinto meto la mano al bolsillo y me detengo en el fondo por el contacto metálico de unas cuantas monedas que no llegan ni a cinco. Pienso en mi madre que me debe estar esperando para almorzar, hace hasta lo imposible para sacarle a la vida un pequeño capital de confianza que nos permita seguir existiendo.

Cuando mi madre levantaba la cuchara entré, no me dijo nada, vi que el plato estaba vacío, ni le pregunté que hizo con las sobras de la desesperación, luego encendió la radio para escuchar unos boleros, la vi como si viviera dentro de sus preocupaciones. Subí la escalera después de lavarme los dientes y las manos, ya echado en mi cama leyendo un libro de entrevistas dejé que transcurrieran las horas.

Amaneció nuevamente. Otro día de batalla, me dije sin mover los labios. Cuando bajé las escaleras mi madre no estaba en casa, dejó un papel sobre la mesa: voy a misa de nueve, a encontrarme con Dios. Tú tranquilo, y haz lo que tengas que hacer, ya vuelvo. Guardé el papel en el bolsillo de mi camisa, entré al baño con los zapatos puestos, una vez más salí de casa sin mirarme en el espejo.

El aire que respiro todos los días apenas me mantiene en pie, las personas que hoy pasan por estas calles no son las mismas de ayer, hace muchos años que ante los retos de la vida pierdo argumentos y me sobran las excusas. Felizmente cada cierto tiempo tener un libro entre mis manos es como el publicitado evento de una fiesta donde no está invitado el fracaso.

Después de hacer unos trabajos, decidí regresar, mi madre me sigue esperando para almorzar porque antes el desayuno pasó de largo como un visitante desnudo y con remordimientos.

Fingí no darme cuenta, pero no duró mucho, vi que dos señoras conversaban exagerando los gestos, a tres pasos un niño que supongo es hijo de una de ellas, tiene entre sus manos un libro, y pasa página tras página como si en verdad estuviera leyendo, ese niño a quien llamo el pequeño lector, ve solo las imágenes con el entusiasmo de quien no deja de capturar todo lo que sucede o vuela en su imaginación. Creo que ese niño, ese pequeño lector me otorga el legítimo convencimiento de que nos pasamos la vida entera viendo las imágenes de todo lo vivido sin saber interpretarlas.




sábado, 6 de septiembre de 2014

Mi hermana del Arte


Una mañana mis tres hermanas y yo jugábamos sin pensar en el tiempo, aun pequeños, ingenuos, divertidos, y muy hermanados. Otra mañana en otros años, mis tres hermanas y yo jugábamos con los brazos de la vida que buscaba nuestros brazos para que acunemos nuestro propio destino en el futuro, que con el paso firme de los años tenemos que darle forma y sentido. Nunca imaginamos todo lo que después iba a suceder, lo que estamos determinados a vivir. Crecimos no como promesas sino con lo que nuestros padres nos dieron a cultivar: amor, entusiasmo, honradez, y mucha paciencia. 

Una de mis hermanas la mayor, Elizabeth, es quien me va contando al oído desde el otro lado del camino (que todos tenemos que llegar algún día). Lo que me cuenta viene del futuro, y algunas cosas no termino de entender. Me dice, me aconseja que debo escribir este breve relato para cerrar el primer círculo (su muerte y la de nuestro querido padre). Al principio todo lo que pensaba lo subrayaba con el emotivo trazo de un recuerdo que se va sucediendo nuevamente. 

Cuesta regresar cuando pienso en ellos. Un lazo muy fuerte nos enraiza y fundamenta nuestra viajera existencia. Ahora mismo veo a mi hermana sonreír detrás de aquella ventana, y a mi padre sentado bajo un árbol muy alto y sin ramas. Por un momento cierro los ojos para darle más espacio a todo lo que luego voy a ver.

No lo imagino, lo estoy viendo, es la misma escena cada vez repetida: empujo la silla de ruedas donde va sentada mi hermana Elizabeth para una nueva cita médica, es de tarde, y el hospital a nuestro alrededor se vacía, solo nuestra conversación es privada. Por momentos me parece verla resignada pero no es una palabra que la defina bien, tiene mucha fuerza interior y una bella sonrisa como de amplia fotografía a colores que nunca es de tamaño carnet. 

No solo la recuerdo, la veo todos los días como un amanecer, como un paisaje, como una fina garúa, sobre mi propia voz, y en todas estas manifestaciones nos acompañamos hasta quedarnos sin palabras, entonces el silencio nos eleva hasta cierta altura para que nadie interrumpa lo que acontece. Mi hermana Elizabeth siempre respiró Arte ya sea en su esmerada cocina, en sus muy elaboradas manualidades, en sus deslumbrantes tortas muy elogiadas (a mí me hizo una inolvidable  torta en forma de libro abierto cuando cumplí cincuenta años).

Desde el amanecer de un sábado ocho de marzo de este año 2014, a  las seis y treintaitrés minutos, su existencia finita poco a poco va regresando hacia el primer día en que nació. En cada etapa nos va dejando un jardín que regar, una casa que pintar, un camino que siempre tiene que estar iluminado, nunca en penumbra. Tiene un rosario colgado en su cuello, brilla. Las amistades que la quieren le dan el soñado encuentro en cada uno de sus pensamientos y rezos, y después de abrazarla fuertemente la ven alejarse como cantando bajito.  

No una mañana sino muchas veces la vi conversando con mamá sobre asuntos de carácter familiar, de madre e hija, la vi a ambas reírse, y otras quedarse en absoluto silencio. Entonces comprendí que la vida no termina aquí, que hay un sagrado vínculo que trasciende espacios y tiempos. A raíz de la muerte de ella, mamá no completaba la penosa idea de su ausencia. Luego con el paso de los años y la interiorización de los perdones se fueron cerrando las distancias entre ellas.

Una vez que fui a su casa y mientras cocinaba, comentaba que... Elizabeth, me escuchas. Sigue hablándome. Trato de alcanzarla entre tantos pensamientos, y a veces apenas puedo decirle algo, en otros momentos mi hermana juega con nosotros como cuando éramos unos niños que tratábamos de sostener nuestra pequeña edad viviéndola de la mejor manera. La infancia es un regalo de Dios, y eso emociona mucho.

Hoy me despierto nuevamente y creo estar soñando mi propio presente, me veo lavándome la cara, y abriendo la puerta de mi casa para que se ventile, ante un nuevo día que siempre trae sorpresas como una bonita canción que luego se va a dejar escuchar a través de la frecuencia modulada de los afectos.


No me digas, qué novedad, oye hermano a ver si me consigues ese libro que te pedí, no importa si te demoras. Aquí en el cielo lo primero que uno aprende es a esperar y a saber mirar. Los extraño estando conmigo. Es que, regresar a mi propio cuerpo, no es posible, no es natural. Aceptémoslo así. 

Vengan, no se pongan tristes, mejor bailemos, todos juntos, ven papá tú también, vengan todos, sigamos bailando, la vida es breve pero muy intensa, divertida, trágica y misteriosa. No cierren los ojos por favor, sigamos bailando, no paren, esta oportunidad se va a repetir, siempre dejemos la puerta abierta, no dejen de escucharme, gracias, los quiero a todos y aun a los que no me quieren, mi nombre es Elizabeth y este es el breve relato de mi hermano.




martes, 25 de febrero de 2014

Bigote


Detrás de la barra, mientras seca los limpios y húmedos bordes de unos vasos cerveceros, el cantinero observa el ruidoso bullicio de los borrachos que no cesan de gritar y de maldecir. Las historias del día no son siempre las mismas, y muchas veces no quiere escucharlas.
—La misma música de siempre, cansa.

Ya lo están llamando nuevamente para pedirle más botellas de cerveza. Toman a vaso lleno, sin darse un respiro. Otros juegan a los dados, y dejan que las frías botellas ahora vacías se vayan haciendo espacio, alineándose entre ellas.
—Bigote, un par más.
Así le dicen desde hace años, y ya se acostumbró. Lo que no permite es que no le paguen el consumo. Varios tienen el certificado de las huellas de sus golpes.
—Es como si me cayera un árbol —se queja uno de ellos.
No es el tipo que habla mucho, nunca se deja faltar el respeto.
—Botella servida, destapada, botella pagada —se lo dice a todos a través de un cártel que está colocado a la entrada de la cantina.
Sale de la barra llevando las dos botellas de cerveza. Solo regresa a la barra con el dinero para accionar una vez más la caja registradora. Así se la pasa todo el día desde las cinco de la tarde que abre hasta las tres de la mañana que cierra.

—Oye Nacho, buena gente es Bigote.
—Lo conozco de años, desde que dejó de trabajar con su viejo en la fábrica.
—Cierto, Nacho, creo que hizo bien Bigote, cada uno por su lado.

Bigote los miraba a cierta distancia, masticando unos trozos de pollo asado con verduras frescas. Él no toma, solo bebe agua para acompañar los alimentos. Por un momento se salió de la cantina, sus pensamientos estaban dentro de un recuerdo: Katy. La dejó de ver hace mucho tiempo, nunca completaron la ruta sentimental donde el jardín que estuvo floreciente ahora luce marchito, dentro de sus corazones. Bigote no es muy alto, tiene facciones de un tipo duro, tiene descendencia japonesa por parte del padre. Tiene una hermana que vive en Buenos Aires, casada con un carnicero que la dejó viuda hace un par de años, un crimen que ha quedado archivado. Extraña su manera de hablar, parece que estuviera corriendo, agitada. Lo último que le envió fue una corbata de seda, y un encendedor.
—Amigo, una botellita —pide el que tiene la mesa al lado de la ventana.
Bigote deja de masticar y se acerca sin apuro. Lleva dos botellas en su mano. Escupe a un costado.
—Aquí tiene amigo, págueme esta botella porque la otra es cortesía de la casa, usted viene por primera vez.
Le estira un billete, y le pregunta, ¿cuál casa?
—No sea gracioso, esta cantina es como una casa, y aquí yo soy el papá, el que manda.
—Bien amigo no se enfade, solo busco un poco de conversación, es que el estrés de tanto trabajo me deja mudo.

Bigote regresó, recogió de otras mesas las botellas vacías, sin dejar de observarlo, quien dejaba caer lentamente el chorro de cerveza fría sobre el fondo de un vaso. Se imaginó que ese chorro de cerveza era como una pequeña catarata de espuma, dejando escapar una inquieta sonrisa por breves segundos.

Ya situado detrás de la barra, sigue observando todo el acontecimiento. Trata de que no se le escape ningún detalle. El que pide más cerveza es atendido de inmediato. Hay de los que conversan mucho y se pasan toda la tarde con cuatro botellas de cerveza. Uno de ellos se levantó y se fue directo al baño, mirando de reojo a Bigote. Él se hizo el desentendido, y siguió masticando, también sus propios pensamientos. Pasó media hora y vio que el tipo no salía. Tocó la puerta. Oiga, le dijo. Ya salga. No hubo respuesta. Abrió la puerta lentamente y comprobó que no había nadie. Se quedó intrigado. Pero si yo lo he visto entrar al baño. De aquella mesa donde estuvo sentado el supuesto fantasma  le pidieron una botella de cerveza bien helada. Antes de aterrizar la botella sobre la mesa y destaparla, les dijo:
—Ustedes eran cuatro y ahora solo veo a tres de ustedes. ¿El otro se evaporó?
—Amigo qué pasa, el otro tipo no existe, debe haberse confundido.

Bigote regresó nuevamente a la barra, con un gesto de fastidio. Encendió un cigarrillo. Empujó el plato a un costado. Pensó nuevamente en Katy, como si hablara con ella.
—Puta madre, sucede que ahora veo fantasmas. No es la primera vez. Voy a tener que limpiar la cantina, esto ya parece una iglesia, todos se vienen a confesar en el baño.

El que se sienta detrás de aquella columna donde hay pegado un afiche del boxeador argentino Oscar Natalio ‘Ringo’ Bonavena, quien muestra los puños y sonríe desafiante, se levanta y se dirige hacia la barra, oye amigo Bigote, le dice, yo lo vi, es el mismo tipo que la vez pasada —recuerde— hablaba solo en voz alta, como si tuviera la urgencia de contarlo todo. Bigote sintió como una descarga eléctrica. Yo lo vi, no tengas dudas, y salió de la cantina, con su evidente cojera.

—Otra botella —le dijo Nacho.
—¿Pasa algo mi querido Bigote?
—Cosas que pasan —le respondió.

Levantó la mirada hacia el reloj, ya es hora de cerrar. Ya quedan pocos borrachos. El tipo de la mesa al lado de la ventana no mira a nadie, sigue encerrado dentro de sí mismo. Al final todos se fueron y solo quedó él. Bigote le palmeó el hombro.

—Ya es hora.
—Gracias amigo, otro día regreso.
—Cuando quieras.

Cerró la cantina con llave. Regresó sin apuro hacia la barra. De pronto vio unos pies, un torso, hasta levantar la mirada completamente, un rostro demacrado que lo sorprendió.

—¿Qué haces aquí?
—Pasa que la cantina está muy llena, no hay asientos, y debo tomarme un trago de pie, mirando como un búho lo que todos conversan.

Bigote quien se apellida Sugai lo miró extrañado, incierto.
—Oiga, aquí no hay nadie, solo nosotros.
—¿Está seguro?
—¿De dónde salió usted?
—Del baño.






miércoles, 6 de noviembre de 2013

Mortis (dos maneras de contar el mismo cuento con las mismas palabras)


No pudo ni tuvo tiempo para agarrar el teléfono y marcar el número de emergencia.
Nuevamente como un mal sueño se iba cayendo desde la altura de sus años vividos. Su historia se inicia cuando es registrado como hijo adoptivo a los once meses de edad, pues sus padres biológicos se enredaron entre los infernales tentáculos de la muerte, y se fueron sin previo aviso en un funesto accidente vehicular, ya hace muchos años, tantos que hasta hoy no pueden salir del auto destrozado, y como primera evidencia el zapato izquierdo del padre encontrado en la carretera por el kilómetro noventa señalando como destino hacia abajo, ese precipicio insolente que es un constante peligro.
A Zósimo le cuesta aceptarse como es hoy, vivir entre todos lo recuerdos que lo miran y no lo dejan salir de su propia casa. Cuando mira su reloj, marca la misma hora, la hora de su muerte, allí se detuvo el reloj: dos de la tarde y veinte minutos. Él luchó por querer seguir viviendo. Pero no se puede, oyó una voz que a lo lejos se fue acercando sin compasión y se perdió detrás de una iglesia en ruinas. Supo que se iba a morir una noche a finales de octubre, pero como siempre no hizo caso. Una de esas corazonadas que no tienen explicación ni maneras de entenderlo. Precisamente un problema cardiaco se lo llevó al otro mundo. Se deja caer sobre el viejo sillón y se ilusiona con la idea de estar respirando por voluntad propia. De algún lugar de la casa sale una mujer bailando, está descalza y apenas lleva ropa. Ni se pregunta que hace esta mujer aquí y quién es, simplemente la mira como quien mira lo que no existe. Deprimido por un instante cierra los ojos y trata de pensar pero por donde va encuentra todas las puertas cerradas. Se levanta y empieza a caminar con los ojos cerrados, hasta que una pared lo detiene. Intenta atravesarla, lo hace, pero encuentra otra pared. Se regresa. Se deja caer vencido sobre el sillón. De pronto pasa delante de él un niño montado en una bicicleta. Cree reconocerse en ese niño que fue. La puerta se abre y por primera vez después del final de su vida sobresaltado escucha el ruido de las personas que hablan todos a la misma vez como si estuvieran debatiendo algo. La puerta se cierra y la casa vuelve a estar. No hay en Zósimo un mínimo de rencor ni signos de sometimiento. Pretende creer que pueda regresar a la vida, pero este purgatorio lo sigue condenando a estar así.

*

Él luchó por querer seguir viviendo. Nuevamente como un mal sueño se iba cayendo desde la altura de sus años vividos. Supo que iba a morir una noche a finales de octubre pero como siempre no hizo caso.
A Zósimo le cuesta aceptarse como es hoy, vivir entre todos lo recuerdos que lo miran y no lo dejan salir de su propia casa. Cuando mira su reloj, marca la misma hora, la hora de su muerte, allí se detuvo el reloj: dos de la tarde y veinte minutos. Precisamente un problema cardiaco se lo llevó al otro mundo. Su historia se inicia cuando es registrado como hijo adoptivo a los once meses de edad, pues sus padres biológicos se enredaron entre los infernales tentáculos de la muerte, y se fueron sin previo aviso en un funesto accidente vehicular, ya hace muchos años, tantos que hasta hoy no pueden salir del auto destrozado, y como primera evidencia el zapato izquierdo del padre encontrado en la carretera por el kilómetro noventa señalando como destino hacia abajo, ese precipicio insolente que es un constante peligro. Se levanta y empieza a caminar con los ojos cerrados, hasta que una pared lo detiene. Intenta atravesarla, lo hace, pero encuentra otra pared. Se regresa. Se deja caer vencido sobre el sillón. De pronto pasa delante de él un niño montado en una bicicleta. Cree reconocerse en ese niño que fue. Una de esas corazonadas que no tienen explicación ni maneras de entenderlo. Pretende creer que pueda regresar a la vida, pero este purgatorio lo sigue condenando a estar así. No hay en Zósimo un mínimo de rencor ni signos de sometimiento. Deprimido por un instante cierra los ojos y trata de pensar, pero por donde va encuentra todas las puertas cerradas. Pero no se puede, oyó una voz que a lo lejos se fue acercando sin compasión, y se perdió detrás de una iglesia en ruinas. Se deja caer sobre el viejo sillón, y nuevamente se ilusiona con la idea de estar respirando por voluntad propia. De algún lugar de la casa sale una mujer bailando, está descalza y apenas lleva ropa. Ni se pregunta que hace esta mujer aquí y quién es, simplemente la mira como quien mira lo que no existe. La puerta se abre, y por primera vez después del final de su vida, sobresaltado escucha el ruido de las personas que hablan todos a la misma vez, como si estuvieran debatiendo algo. La puerta se cierra y la casa vuelve a estar.

No pudo ni tuvo tiempo para agarrar el teléfono y marcar el número de emergencia.




martes, 30 de octubre de 2012

Crimen de autor


Les voy a hablar de un crimen donde pretendo lo absurdo: que no hay víctima, ni homicida, ni testigos.
Si desean el escenario del crimen se lo pueden imaginar, ya depende de ustedes. Lo demás señalado en la primera línea se lo dejan al destino.
Y no miento que cuando vi por primera vez a Dolores la quise matar a besos, ¿eso si será posible? Es delgada, atractiva, tiene unos pies bonitos, pero eso sí habla mucho, tanto que… aburre.
Supe de su desaparición recién ayer cuando la fui a buscar a su casa para devolverle su cuchillo. Se entiende que los padres de Dolores al abrir la puerta y verme con el cuchillo en la mano, la cerraron violentamente y sin darme ninguna explicación. Horas después entendí por qué razón la policía me andaba buscando. No lo pensé mucho y me fui de la ciudad solo con lo que llevo puesto y mi mochila. Así estuve un tiempo indeterminado. Con justificada razón extrañaba mi auto, un Opel que se lo compré a mi cuñada que tenía la interesante urgencia de poner un negocio de bisutería fina.
Hasta que caminando por un parque tratando ingenuamente de pasar inadvertido sorpresivamente caí desmayado. Trato de acordarme, entro en habitaciones oscuras de la memoria pero no puedo ver la luz, alguna señal. La policía no tarda en llegar pero el doctor de turno me prohíbe todas las visitas y en especial la de los policías, buena gente el doctor, le debo una. Comprende mi situación de falso asesino.
—Pero si este no mata ni con spray, mira la pinta que tiene —se lo oí decir muy bajito.
Veo que a una de las enfermeras le caigo muy bien, está tan obsesionada conmigo que sus ansias locas me quieren morder, y  me obliga a estirar la mano, toma mi muñeca, mide mi pulso, «pequeño estás muy bien» me dice risueña de amor platónico. Intuyo que solo espera el momento oportuno para encerrarme entre sus brazos, con esa fuerza incontrolable de osa polar desesperada y yo que soy tan chiquito.
Dos policías me esperan afuera en los pasillos del hospital para llevarme a prisión. Dicen que ya tienen las pruebas necesarias para encerrarme de por vida. ¿Cuáles pruebas?, a ver ¿muéstrelas? 

Lo que no saben es que Dolores me tenía siempre vendado los ojos, caminábamos por aquí, por allá, agarrada de mi brazo, hasta íbamos al cine y ya me fui acostumbrando a escuchar la película. Es un trato o un juego que Dolores me propuso cuando le confesé que quería ser su amor, su único amor. No quiso a la primera vez ni a la segunda, cuando me dijo uno de esos días casi sin decirlo: sí. 
Pasó un tiempo hasta que acepté su idea, su jueguito, y así andaba con ella para todos lados, vendados los ojos. Al dejarla en su casa, ya me podía quitar la venda de los ojos.
Dolores lo dice, ya lo dijo, y lo afirma, que está nerviosa de tanto amor apasionado, pero yo en eso me dejo estar, me dejo ir. Por eso no entiendo la desaparición ni la desesperación de Dolores. Canta muy bonito, pudo ser artista. De mí que podía esperar, si nada de lo que tengo puesto es mío. Hablo de mi ropa.

La noche de volver a dormir, así parece, a media luz estando en mi habitación mirando a cierta distancia el espejo oscurecerse, veo el vapor insolente del sueño hasta el día siguiente. Esta vez no le hice caso a una persistente tos que me aqueja desde hace varios días, debe ser cambio de estación o algún declive físico. Dentro de mí una prematura alegría iba naciendo e iba viajando en ese sueño hacia la cama donde descansa mi mujer que ya tiene nueve meses de embarazo.
No sé cuantas horas he dormido, me parecen demasiadas horas, en inútil exceso. Me despertó un inoportuno cruce de frases mal respiradas mientras balbuceaba dormido por una comprensible fatiga ante tanto acoso policial. Mientras desplazaba o alargaba la mirada como un inquieto visor por toda la habitación entendí que aquella cuna del hijo por nacer y aquella mecedora de la madre tienen más de una explicación y un compromiso pactado con los legítimos entusiasmos del corazón.

Entro al baño, siento levitar al pensar en cosas bonitas. En cuestión de minutos me veo bien vestido, desayuno ya mirando la violencia del tiempo en el reloj, apuro algunos pasos y subo al auto un Opel color plateado en buen mantenimiento. Giro la llave del encendido y me voy de camino recto por muchas calles largas hasta que doblo a la derecha y me encuentro con una avenida congestionada de autos, entonces supe que tardaría mucho en llegar al Hospital de Maternidad. Quise retroceder pero una triple fila de auto cierra todos los espacios por donde poder avanzar. Para no aburrirme pongo el CD y empieza a girar a una velocidad angular variable la promocionada canción de Natalia Lafourcade. Los autos avanzan con lentitud que oxida los estados de ánimo, y hacen agonizar de impaciencia los desesperados motores. Algunas horas antes había llamado por teléfono al Hospital de Maternidad preguntando por mi mujer que ya va a dar a luz pronto. Dicen que mejor regrese a casa.
—¿Quién? —suelto una pregunta.

Pensé nuevamente en Dolores, cuando la conocí, las primeras palabras entrecortadas, los gestos calculados, la particular manera de reírnos de nada en especial, la cara de idiota que puse cuando se sacó el sostén dice que para enseñarme un lunar de carne en el pezón, el primer beso apurado, los clásicos intercambios de regalos con fechas marcadas en el almanaque. Después se abrieron muchas puertas, entramos y salimos más que complacidos, todos esos espacios de pasión desbordada son intemporales, todo llueve torrencialmente, y ya no es una fina garúa como aquella primera vez.

La canción repetida por la misma Natalia Lafourcade le hizo recordar que ya había pasado cerca de una hora. A unos doscientos metros le pareció ver a un niño corriendo agitando un periódico como si fuera un pañuelo. Los autos empezaron a circular, es hora de avanzar, se dijo, y puso en marcha el querido Opel. El niño estaba cada vez más cerca. Se puso los lentes. El niño pasó tan rápido que al mirar por el espejo retrovisor ya no estaba. Le pareció extraño. Esta vez ya no pensó en Dolores sino en la criatura que está por nacer. Espero que nazca sano, dijo levantando la voz lo más fuerte que pudo como si le respondiera a alguien. Entró casi corriendo y ya no se le vio salir.   
Asoma el nuevo día. El reloj indica las seis y cinco de la mañana. Se saca el sombrero antes de saludar. El sorpresivo llanto de un niño termina por despertarlo.

Había pasado casi un día entero en el Hospital de Maternidad y nadie se acercó a decirle algo, menos darle información. Él seguía esperando, creyendo obedecer las indicaciones del doctor de turno. Su ilusión de siempre ser padre, desde que lo conozco no niego que sea verdad. Se pone de pie y camina por ese largo pasillo para evitar los molestosos calambres ya que el frío entumece todos sus músculos faltos de actividad física diaria.

Justo cuando tiene la intención de meter la moneda por la ranura de la máquina expendedora de café para disminuir la intensidad del frío, vio a dos policías que corrían, lo único que hizo fue cerrar los ojos y rezar. Pensó que se lo llevarían preso, la vergüenza atroz de ser esposado.

—Señor su café se le va a enfriar.

Abrió los ojos, sonrió con esa típica sonrisa que tienen los perdedores, fue cuando se dio cuenta que ya no estaban los policías, que no estaba la banca donde había pasado toda la noche, solo unas doce frías sillas bien alineadas. Y con voz ronca le preguntó al doctor que salía acompañado de unas enfermeras:
—Doctorcito, ¿mi hijo nació sano?
—¿De qué niño me habla?
—De mi hijo que está por nacer doctorcito.
—Creo que… no nos entiende. Aquí no hay ningún hijo suyo, ninguna mujer que se parezca a su mujer, estamos muy molestos con usted porque siempre hace lo mismo, viene por algunos días, se queda dormido toda la madrugada, incomoda al personal. Todo el mal está dentro de su cabeza.
—Qué me dice doctorcito…
—A ver cierre los ojos por favor, a ver obedezca, no muy rápido, lentamente.
—No los abra hasta que se lo indique, está bien.
—Bien doctorcito.
—Sienta como si tuviera vendado los ojos.
—No me diga eso doctorcito.
—¿Entonces, en qué quedamos?
—No lo entiendo doctorcito.
—Mejor relájese, estese quieto, que la enfermera le va a poner una inyección para calmar su peligrosa ansiedad.
—Qué buena gente es usted doctorcito, ¿y cómo se llama la enfermera?
—Dolores.






miércoles, 9 de mayo de 2012

P S


Se me ocurre pensar que Petunia Saldarriaga debe estar en su casa pero no, no está en su casa. Ni en la mía, ni en la de ustedes, simplemente porque no la conocemos. Entonces qué esperamos para conocer a Petunia Saldarriaga.
Se abrió una puerta.
Por qué escribes un cuento sobre mí si no me conoces, quien te dio el derecho —me increpó.
Y ustedes porque leen todo lo que escribe este señor (con énfasis) acaso tienen alguna obligación con él.
A alguien se le ocurrió dejar caer la silla y sobre ella los periódicos del día.

Es una falta de respeto venir aquí indagando sobre mi paradero como si fuera una convicta, la culpable de un delito que no existe, yo hago de mi vida lo que me venga en gana. Mejor váyanse por donde vinieron.

Se hizo un largo silencio, donde todos nos miramos como si fuéramos esclavos de nuestro propio desconcierto.

¿Cómo llegaron hasta aquí?, dar conmigo no es fácil, les debe haber costado mucho llegar hasta mí.
—Déjame que te cuente... Estaba en aquel Café de la esquina, donde conocí a tu padre...
—¿Cuál padre? —dijo molesta. Si ya murió hace años, será su fantasma, y de mi madre no me digas nada porque yo soy mi propia madre.
Ella se detuvo al final de esa palabra, bajó la mirada, quiso decir algo más...

—¿Puedo continuar?
No, no quiero que continúes, si hay un culpable eres tú no yo, culpable porque se te ocurrió hacer un cuentito sobre mí, ni que fuera yo tan importante, vaya escritorcillo, y toda la jauría que ha venido contigo, déjenme en paz, lárguense, quiero volver a estar sola.
No seas así de injusta, si supieras lo que tu padre me dijo...

Sin pensarlo mucho, Petunia Saldarriaga nos apuntó con una pistola empuñada por una mano temblorosa. No supimos que hacer. Con el arma amenazante daba vueltas a nuestro alrededor como si esperara el instante decisivo para dar cuenta de nosotros. Hay un odio gigantesco dentro de ella. Ha crecido demasiado y ahora es un monstruo que ella consiente en tenerlo dentro de sí.

Todos salimos como frustrados espectadores de un acontecimiento que pudo tener mejor desenlace. Petunia nunca cambiará. Tiene un odio más que visceral, está enferma. Fui el último en salir, al voltear la mirada, vi a alguien dispuesta a cumplir su amenaza. Quisimos ser solidarios con ella, hablarle, ayudarle, pero todo intento fue vano. Pienso que Petunia ya no pertenece a esta realidad, está viviendo otras circunstancias, desdichadas por cierto.

La recuerdo desde aquella vez, pero ella me interrumpe, «si no me conoces». Intenta recordar, le dije como queriendo convencerla. Petunia por primera vez sonrió, pero fue una sonrisa a medio camino entre la burla y el desconcierto. Ya ni sentí los pasos ni las voces de mis amigos que vinieron conmigo.

Llegó la noche y mientras miraba fijamente a Petunia Saldarriaga quien está ya a punto de disparar. No pude evitar pensar que ella se parece y mucho a un personaje de uno de mis cuentos nunca terminados, caí en la cuenta que ese personaje sí disparó. Y ante su amenaza a punto de cumplirse salí de allí lo más rápido que pude. Sin embargo las cinco balas de esa arma no esperaron más y fueron tras de mí. De lo único que me acuerdo fue que caí. De ella lo único que me acuerdo es que nunca estuvo allí.