lunes, 5 de enero de 2015

El pequeño lector


Se llama Guillermo Gallegos mide cerca de dos metros, es moreno, de oficio mensajero, de andar pausado, y cada vez que toca la puerta de mi casa cerca de la una de la tarde, y lo veo por el ojo mágico es porque trae la viajera noticia de un libro. Ese libro recibido en mis manos y con amable dedicatoria, es para mí como si me hablara la felicidad aunque sea un ratito.

El tiempo transcurrido para que llegue hasta mis manos debe estar escrito en el destino de la persona que me lo envía. A veces el libro viene con la sorpresa que no lo esperaba, y otras veces el libro ya viene avisado con una fecha aproximada de recepción. Me siento en el sillón con la comodidad de un lector que va a entrar a descubrir todas las palabras que viven dentro del libro recibido. El tiempo tiene un pacto conmigo, no me interrumpe, pasa ni tan rápido ni tan lento, comprende mis expectativas. 

Días después salí temprano de casa, le dije a mi madre que no iba a demorar. Y me fui alejando de ella con la cola del regreso. Debo haber caminado unas doce cuadras, y no dar con el lugar escrito en el papel me hizo pensar mal. Dirección equivocada, me dije, y dejé caer el papel al suelo ante la mirada de todos, me hicieron sentir que había dejado caer una bomba.

Cerca de mí y lejos también toda una ciudad en constante movimiento. Por instinto meto la mano al bolsillo y me detengo en el fondo por el contacto metálico de unas cuantas monedas que no llegan ni a cinco. Pienso en mi madre que me debe estar esperando para almorzar, hace hasta lo imposible para sacarle a la vida un pequeño capital de confianza que nos permita seguir existiendo.

Cuando mi madre levantaba la cuchara entré, no me dijo nada, vi que el plato estaba vacío, ni le pregunté que hizo con las sobras de la desesperación, luego encendió la radio para escuchar unos boleros, la vi como si viviera dentro de sus preocupaciones. Subí la escalera después de lavarme los dientes y las manos, ya echado en mi cama leyendo un libro de entrevistas dejé que transcurrieran las horas.

Amaneció nuevamente. Otro día de batalla, me dije sin mover los labios. Cuando bajé las escaleras mi madre no estaba en casa, dejó un papel sobre la mesa: voy a misa de nueve, a encontrarme con Dios. Tú tranquilo, y haz lo que tengas que hacer, ya vuelvo. Guardé el papel en el bolsillo de mi camisa, entré al baño con los zapatos puestos, una vez más salí de casa sin mirarme en el espejo.

El aire que respiro todos los días apenas me mantiene en pie, las personas que hoy pasan por estas calles no son las mismas de ayer, hace muchos años que ante los retos de la vida pierdo argumentos y me sobran las excusas. Felizmente cada cierto tiempo tener un libro entre mis manos es como el publicitado evento de una fiesta donde no está invitado el fracaso.

Después de hacer unos trabajos, decidí regresar, mi madre me sigue esperando para almorzar porque antes el desayuno pasó de largo como un visitante desnudo y con remordimientos.

Fingí no darme cuenta, pero no duró mucho, vi que dos señoras conversaban exagerando los gestos, a tres pasos un niño que supongo es hijo de una de ellas, tiene entre sus manos un libro, y pasa página tras página como si en verdad estuviera leyendo, ese niño a quien llamo el pequeño lector, ve solo las imágenes con el entusiasmo de quien no deja de capturar todo lo que sucede o vuela en su imaginación. Creo que ese niño, ese pequeño lector me otorga el legítimo convencimiento de que nos pasamos la vida entera viendo las imágenes de todo lo vivido sin saber interpretarlas.




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