martes, 25 de febrero de 2014

Bigote


Detrás de la barra, mientras seca los limpios y húmedos bordes de unos vasos cerveceros, el cantinero observa el ruidoso bullicio de los borrachos que no cesan de gritar y de maldecir. Las historias del día no son siempre las mismas, y muchas veces no quiere escucharlas.
—La misma música de siempre, cansa.

Ya lo están llamando nuevamente para pedirle más botellas de cerveza. Toman a vaso lleno, sin darse un respiro. Otros juegan a los dados, y dejan que las frías botellas ahora vacías se vayan haciendo espacio, alineándose entre ellas.
—Bigote, un par más.
Así le dicen desde hace años, y ya se acostumbró. Lo que no permite es que no le paguen el consumo. Varios tienen el certificado de las huellas de sus golpes.
—Es como si me cayera un árbol —se queja uno de ellos.
No es el tipo que habla mucho, nunca se deja faltar el respeto.
—Botella servida, destapada, botella pagada —se lo dice a todos a través de un cártel que está colocado a la entrada de la cantina.
Sale de la barra llevando las dos botellas de cerveza. Solo regresa a la barra con el dinero para accionar una vez más la caja registradora. Así se la pasa todo el día desde las cinco de la tarde que abre hasta las tres de la mañana que cierra.

—Oye Nacho, buena gente es Bigote.
—Lo conozco de años, desde que dejó de trabajar con su viejo en la fábrica.
—Cierto, Nacho, creo que hizo bien Bigote, cada uno por su lado.

Bigote los miraba a cierta distancia, masticando unos trozos de pollo asado con verduras frescas. Él no toma, solo bebe agua para acompañar los alimentos. Por un momento se salió de la cantina, sus pensamientos estaban dentro de un recuerdo: Katy. La dejó de ver hace mucho tiempo, nunca completaron la ruta sentimental donde el jardín que estuvo floreciente ahora luce marchito, dentro de sus corazones. Bigote no es muy alto, tiene facciones de un tipo duro, tiene descendencia japonesa por parte del padre. Tiene una hermana que vive en Buenos Aires, casada con un carnicero que la dejó viuda hace un par de años, un crimen que ha quedado archivado. Extraña su manera de hablar, parece que estuviera corriendo, agitada. Lo último que le envió fue una corbata de seda, y un encendedor.
—Amigo, una botellita —pide el que tiene la mesa al lado de la ventana.
Bigote deja de masticar y se acerca sin apuro. Lleva dos botellas en su mano. Escupe a un costado.
—Aquí tiene amigo, págueme esta botella porque la otra es cortesía de la casa, usted viene por primera vez.
Le estira un billete, y le pregunta, ¿cuál casa?
—No sea gracioso, esta cantina es como una casa, y aquí yo soy el papá, el que manda.
—Bien amigo no se enfade, solo busco un poco de conversación, es que el estrés de tanto trabajo me deja mudo.

Bigote regresó, recogió de otras mesas las botellas vacías, sin dejar de observarlo, quien dejaba caer lentamente el chorro de cerveza fría sobre el fondo de un vaso. Se imaginó que ese chorro de cerveza era como una pequeña catarata de espuma, dejando escapar una inquieta sonrisa por breves segundos.

Ya situado detrás de la barra, sigue observando todo el acontecimiento. Trata de que no se le escape ningún detalle. El que pide más cerveza es atendido de inmediato. Hay de los que conversan mucho y se pasan toda la tarde con cuatro botellas de cerveza. Uno de ellos se levantó y se fue directo al baño, mirando de reojo a Bigote. Él se hizo el desentendido, y siguió masticando, también sus propios pensamientos. Pasó media hora y vio que el tipo no salía. Tocó la puerta. Oiga, le dijo. Ya salga. No hubo respuesta. Abrió la puerta lentamente y comprobó que no había nadie. Se quedó intrigado. Pero si yo lo he visto entrar al baño. De aquella mesa donde estuvo sentado el supuesto fantasma  le pidieron una botella de cerveza bien helada. Antes de aterrizar la botella sobre la mesa y destaparla, les dijo:
—Ustedes eran cuatro y ahora solo veo a tres de ustedes. ¿El otro se evaporó?
—Amigo qué pasa, el otro tipo no existe, debe haberse confundido.

Bigote regresó nuevamente a la barra, con un gesto de fastidio. Encendió un cigarrillo. Empujó el plato a un costado. Pensó nuevamente en Katy, como si hablara con ella.
—Puta madre, sucede que ahora veo fantasmas. No es la primera vez. Voy a tener que limpiar la cantina, esto ya parece una iglesia, todos se vienen a confesar en el baño.

El que se sienta detrás de aquella columna donde hay pegado un afiche del boxeador argentino Oscar Natalio ‘Ringo’ Bonavena, quien muestra los puños y sonríe desafiante, se levanta y se dirige hacia la barra, oye amigo Bigote, le dice, yo lo vi, es el mismo tipo que la vez pasada —recuerde— hablaba solo en voz alta, como si tuviera la urgencia de contarlo todo. Bigote sintió como una descarga eléctrica. Yo lo vi, no tengas dudas, y salió de la cantina, con su evidente cojera.

—Otra botella —le dijo Nacho.
—¿Pasa algo mi querido Bigote?
—Cosas que pasan —le respondió.

Levantó la mirada hacia el reloj, ya es hora de cerrar. Ya quedan pocos borrachos. El tipo de la mesa al lado de la ventana no mira a nadie, sigue encerrado dentro de sí mismo. Al final todos se fueron y solo quedó él. Bigote le palmeó el hombro.

—Ya es hora.
—Gracias amigo, otro día regreso.
—Cuando quieras.

Cerró la cantina con llave. Regresó sin apuro hacia la barra. De pronto vio unos pies, un torso, hasta levantar la mirada completamente, un rostro demacrado que lo sorprendió.

—¿Qué haces aquí?
—Pasa que la cantina está muy llena, no hay asientos, y debo tomarme un trago de pie, mirando como un búho lo que todos conversan.

Bigote quien se apellida Sugai lo miró extrañado, incierto.
—Oiga, aquí no hay nadie, solo nosotros.
—¿Está seguro?
—¿De dónde salió usted?
—Del baño.






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